Congreso de Divulgación
viernes, 3 de agosto de 2012
jueves, 28 de junio de 2012
Divulgación y Educación
Breve sobrevuelo de los asuntos que serán tratados en Medellín en
octubre próximo
Nicolas Witkowski
La historia de la divulgación de las ciencias muestra que esta ha seguido como una sombra el desarrollo de la ciencia. No tendríamos ninguna dificultad en identificar los inicios en Galileo o Fontenelle, en una época en la que la ciencia, poco formalizada, se prestaba mucho al discurso de la divulgación. Después de Newton y de la aparición de las matemáticas, la tarea resultaba más difícil y pasó a ser responsabilidad del Estado. Sin embargo hicieron falta décadas de lucha antes de que la Academia de Ciencias se dignara abrirse a los periodistas, y de que los programas de iniciación a las ciencias (« ciencias naturales ») aparecieran en los manuales escolares, exclusivamente dedicados a las humanidades hasta finales del siglo XIX. Paralelamente Julio Verne, Camille Flammarion o H.G. Wells ofrecían ficciones científicas que tuvieron, sin duda, mucho más impacto sobre el público.
Desde principios del siglo XX la brecha entre la ciencia y el público era tan grande que la divulgación se impuso como una necesidad democrática. Por todos lados aparecieron revistas científicas, mientras que la enseñanza de las ciencias se generalizaba y tomaba fuerza, yendo inclusive a destronar la enseñanza de la literatura. La segunda guerra mundial no hizo más que amplificar este movimiento: la reconstrucción implicaba ingenieros e investigadores para edificar una sociedad cada vez más tecnocrática. La producción en divulgación en esta época se caracteriza por un positivismo seguro de sí y una ausencia casi total de cuestiones éticas. En esta época, como al final del siglo XIX, se pensaba que la ciencia lo resolvería todo.
Los años 70 y 80 marcaron el apogeo de la divulgación de las ciencias en dos disciplinas mayores: la astrofísica, con la noción del Big Bang y la idea de que todos somos « polvo de estrellas », y la biología molecular, con el ADN y la idea de que estamos predeterminados por nuestros genes. No fue el caso con la evolución biológica ni la técnica. En las posibles desviaciones en estas metáforas no faltó la presencia de la relación ciencia – religión, pero la presión de los sucesos provocaría un viraje radical en la cuestión: la explosión en 1986 de la nave Challenger y el accidente de la central nuclear de Tchernobyl llevaron a la divulgación hacia preocupaciones mucho más realistas.
Únicamente la divulgación tuvo la posibilidad de poner en cuestión el lazo entre los ciudadanos y la tecnociencia, pues la educación tuvo mucho cuidado en meter las narices en un dominio eminentemente político. ¿La ciencia hace la felicidad? ¿Es necesario frenar el progreso de la tecnología? ¿Cómo instaurar un control democrático de la « tecnociencia » impuesta por las grandes sociedades capitalistas? ¿Se debe creer aún en el « crecimiento » económico que nos prometen los políticos? Los asuntos éticos y ecológicos se mezclan en un coctel vigorizante: por fin las « buenas » preguntas se hacen en pleno conocimiento de causa, luego de años y años de secretos. Ahora asistimos al final de una época en la que el Estado decidía, sin consultar a los ciudadanos, las grandes orientaciones tecnocientíficas (por ejemplo el programa nuclear en Francia). Hoy se anuncia el inicio de una verdadera participación popular en las decisiones y los debates.
Con el tiempo, la divulgación se ha diluido, pasando de ser un sector bien delimitado de los medios a algo que está más presente en la información general, aunque se consuman menos programas y revistas dedicadas a la ciencia. Las recientes controversias sobre cambio climático y las cuestiones de energía han demostrado a qué punto los asuntos tecnocientíficos han impregnado la economía y la política. La educación permanece aún demasiado discreta sobre estos cambios mayores, de manera que los estudiantes están más al tanto de la actualidad que los mismos maestros… es urgente renovar una enseñanza que ha sido concebida para la selección de una élite y no para la comprensión de la mayoría y su iniciación a los dos grandes pilares del pensamiento, que son el razonamiento lógico y el espíritu crítico. Con este fin, los esfuerzos aunados de los divulgadores y los profesores son, ahora más que nunca, necesarios y urgentes.
Desde principios del siglo XX la brecha entre la ciencia y el público era tan grande que la divulgación se impuso como una necesidad democrática. Por todos lados aparecieron revistas científicas, mientras que la enseñanza de las ciencias se generalizaba y tomaba fuerza, yendo inclusive a destronar la enseñanza de la literatura. La segunda guerra mundial no hizo más que amplificar este movimiento: la reconstrucción implicaba ingenieros e investigadores para edificar una sociedad cada vez más tecnocrática. La producción en divulgación en esta época se caracteriza por un positivismo seguro de sí y una ausencia casi total de cuestiones éticas. En esta época, como al final del siglo XIX, se pensaba que la ciencia lo resolvería todo.
Los años 70 y 80 marcaron el apogeo de la divulgación de las ciencias en dos disciplinas mayores: la astrofísica, con la noción del Big Bang y la idea de que todos somos « polvo de estrellas », y la biología molecular, con el ADN y la idea de que estamos predeterminados por nuestros genes. No fue el caso con la evolución biológica ni la técnica. En las posibles desviaciones en estas metáforas no faltó la presencia de la relación ciencia – religión, pero la presión de los sucesos provocaría un viraje radical en la cuestión: la explosión en 1986 de la nave Challenger y el accidente de la central nuclear de Tchernobyl llevaron a la divulgación hacia preocupaciones mucho más realistas.
Únicamente la divulgación tuvo la posibilidad de poner en cuestión el lazo entre los ciudadanos y la tecnociencia, pues la educación tuvo mucho cuidado en meter las narices en un dominio eminentemente político. ¿La ciencia hace la felicidad? ¿Es necesario frenar el progreso de la tecnología? ¿Cómo instaurar un control democrático de la « tecnociencia » impuesta por las grandes sociedades capitalistas? ¿Se debe creer aún en el « crecimiento » económico que nos prometen los políticos? Los asuntos éticos y ecológicos se mezclan en un coctel vigorizante: por fin las « buenas » preguntas se hacen en pleno conocimiento de causa, luego de años y años de secretos. Ahora asistimos al final de una época en la que el Estado decidía, sin consultar a los ciudadanos, las grandes orientaciones tecnocientíficas (por ejemplo el programa nuclear en Francia). Hoy se anuncia el inicio de una verdadera participación popular en las decisiones y los debates.
Con el tiempo, la divulgación se ha diluido, pasando de ser un sector bien delimitado de los medios a algo que está más presente en la información general, aunque se consuman menos programas y revistas dedicadas a la ciencia. Las recientes controversias sobre cambio climático y las cuestiones de energía han demostrado a qué punto los asuntos tecnocientíficos han impregnado la economía y la política. La educación permanece aún demasiado discreta sobre estos cambios mayores, de manera que los estudiantes están más al tanto de la actualidad que los mismos maestros… es urgente renovar una enseñanza que ha sido concebida para la selección de una élite y no para la comprensión de la mayoría y su iniciación a los dos grandes pilares del pensamiento, que son el razonamiento lógico y el espíritu crítico. Con este fin, los esfuerzos aunados de los divulgadores y los profesores son, ahora más que nunca, necesarios y urgentes.
martes, 5 de junio de 2012
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